¿QUÉ LE PASA A MI HIJO?




Soy padre y soy enfermero especialista en salud mental, y al igual que muchos otros padres a partir de P-5 empecé a vivir un proceso nuevo con mi hijo.

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Cómo empezó todo…

Todo empezó después de la entrevista con la maestra, cuando nos comentó que es un niño sociable, sin problemas de conducta, que se portaba bien, que tenía buena relación con los demás y también con ella misma, pero que a veces “desconectaba” y que por este motivo el aprendizaje de la lectura le estaba costando un poco.

Al preguntar más sobre el tema, nos tranquilizó diciendo que era cuestión de esperar a que el niño haciera el “click” de la lectura y que no todos los niños lo hacían al mismo tiempo. La profesora veía que podía, pero consideraba simplemente que aún no estaba preparado. De esta forma, siguiendo los consejos de la maestra, fuimos fomentando en casa su interés por la lectura, en espera de ese momento del “click”.

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Cuando llegó a primero, los comentarios seguían siendo parecidos. La nueva maestra le veía potencial, seguía sin quejarse de problemas de conducta, ni de relación con los otros niños, y ella no tenía ningún problema con él en el aula. Sin embargo, sí que coincidía en que ese “click” de la lectura no había llegado todavía, por lo que nos aconsejó paciencia y continuar trabajando en el tema, pero sin agobiar.

El rendimiento global de mi hijo era aceptable, aunque de vez en cuando surgía algún comentario del tipo, “podría hacer más de lo que hace”, “se distrae”, “no es líder pero está bien integrado en el grupo”…

Poco a poco, la situación empeoró

Por nuestra parte, en casa, la verdad es que no valoramos inicialmente la situación como un problema, ya que entendíamos que una de las funciones de los padres era acompañar al niño en la tareas que le cuestan. En este aspecto, la verdad es que no nos podemos quejar porque es un niño relativamente fácil.

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Pasó el curso, y nos preocupaba el hecho de verlo estancado en la lectura. Nos empezamos a poner nerviosos, ya que empezaban a surgir por parte de mi hijo discursos negativos relacionados con el aprendizaje: “soy tonto”, “para qué lo voy a hacer si luego se me olvida”… Y poco a poco, todo lo que tiene que ver con la lectura se fue haciendo más difícil.

Pasamos de curso y en segundo de primaria todo siguió igual. Mejoró un poco, pero no tanto como se esperaba. Aprobaba las asignaturas y los exámenes, pero con dificultades. Entonces fue cuando desde la escuela nos ofrecieron la ayuda de un refuerzo escolar temporal, que por supuesto aceptamos.

He de reconocer que en casa se enrareció un poco el ambiente por culpa de los aprendizajes, y nos empezamos a plantear cosas como: ¿será que tiene una dificultad?, ¿no lo estaremos haciendo bien?, ¿le estamos ayudando de la forma adecuada? En ese tiempo los padres tenemos que asumir un papel que no es tan fácil. Intentas motivarlo con premios, con retirada de privilegios, etc. Pero la conclusión final es que parece que nada funciona.

En casa solo observábamos que no era tan autónomo como otros compañeros pero claro, te dices que no todos maduran al mismo tiempo… Y nos fuimos repitiendo esto día tras día para justificar la situación.

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Y de pronto, saltó la voz de alarma

Cuando llegó el primer suspenso saltaron las alarmas. ¡Hay que hacer algo! Después de mucho pensar, de enfadarnos, de buscar ayuda externa para los aprendizajes y de mil y una intervenciones, la frustración empieza a estar presente en nosotros como padres.

Vale la pena comentar que de entrada podemos dar la impresión de ser unos padres que no aceptan el fracaso, y que no estamos preparados para que a nuestro hijo le vaya algo mal en la vida, pero creedme que no es así. La mayor preocupación para nosotros era no saber si le pasaba algo y sobre todo no saber si le estábamos ayudando como se merecía o necesitaba.

Creo que este es el mejor consejo que le puedo dar a alguien y que me aplico también a mí mismo: cuanto mejor conoces a tu hijo mejor le puedes ayudar.

Apareció entonces un discurso derrotista, cuando empezamos a pensar “si no da para más…”, “esto es lo que hay…” Y otro tipo de mensajes similares poco afortunados, que no son otra cosa más que el fruto del desconocimiento.

No estábamos tranquilos, y ante el panorama que se nos planteaba enfrente, decidimos consultar a la técnico del EAP de zona que nos orientó, y nos calmó, pero ya había pasado mucho tiempo y mi hijo había empezado a dejar demasiadas cosas por el camino.

Hablando en casa, como padres, estábamos preparados para algunas cosas: “¿y si nos dicen que nuestro hijo es justito?”, “no, mejor que sea solo un problema de motivación”…

Cuando descubrimos lo que le pasa a mi hijo

A la mitad del segundo curso, coincidiendo con la revisión, le comentamos al pediatra lo que nos preocupaba respecto a nuestro hijo, y nos derivó al CSMIJ para una valoración, ya que anteriormente había sido valorado por EAP, y se apreciaban algunos rasgos de inatención y revelaba ser poco autónomo en las tareas.1

Después de un tiempo en seguimiento en el CSMIJ nos orientaron y confirmaron que mi hijo tiene un Trastorno por Déficit de Atención del tipo inatento (TDA).

Al principio, siendo sincero, solo quería oír que era un tema de motivación, pero me tranquilizó saber que no era un problema de capacidad. Sin embargo todo esto del déficit de atención nos llevó a una mayor confusión, ya que nos resultaba más difícil entender que, si tenia potencial el resultado no fuera el esperado.

Algunas cosas que he aprendido

De mi experiencia, lo que puedo compartir es que la duda no es un buen compañero de viaje. Que ante ella hay que tomar medidas y poder contextualizar las cosas, y esto ayuda tanto a los padres como a los hijos.

Es muy importante saber qué se espera de cada uno, en los diferentes entornos y, que si no funcionamos, es por algún motivo. Vale la pena hacer el esfuerzo de aclarar todo lo que es importante en nuestra vida, y estaremos de acuerdo que en la vida, los hijos son la prioridad, (sin olvidar la pareja, en mi caso, una madre estupenda que entiende muy bien a sus hijos y que les ayuda a diario). Hemos dejado de reñir por cosas, que ahora que las pienso, no eran tan importantes. Donde antes había críticas, ahora hay un entendimiento de la situación y esto ayuda a una mejor convivencia.

La verdad es que me da un poco igual la edad y el curso escolar, ahora cuando algo no va bien, tengo otras opciones: ¿te ayudo?, ¿te acompaño? No siempre funciona, pero al menos me siento mejor, creo que eso está dentro de mis funciones como padre.

He dejado de sentirme policía, encargado de poner multas continuamente. Intento ayudar y cuando lo consigo es estupendo. Y lo que no sale bien lo intentamos arreglar, la mayoría de veces con ayuda y otras simplemente aceptando que es así. Muchas cosas salen mal, y la mayoría de las veces no pasa nada. Pero lo que sin duda tiene que salir bien, es la relación entre padres e hijos, de eso no tengo ninguna duda.

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