EL RETO DEL TDAH EN EL AULA



Tener a un niño con TDAH en el aula es siempre un reto, pero resulta primordial que esta etiqueta no afecte a nuestra perspectiva como docentes ni se produzca aleatoriamente en base a determinados prejuicios.1 El hecho de que un niño sea muy inquieto o se distraiga con facilidad no es motivo suficiente para considerar que realmente padezca este trastorno. Es importante que los docentes reciban información y, más aún, formación de calidad sobre este trastorno.


Conocer los criterios de diagnóstico correspondientes y saber que deben producirse en distintos ámbitos y permanecer al menos durante seis meses contribuye a realizar un acercamiento más apropiado a esta problemática. Averiguar que no se trata de una enfermedad también conduce a obtener otro tipo de mirada sobre las dificultades que acarrea. Sus síntomas no se curan, sino que únicamente se reducen o mitigan, por lo que se debe trabajar sobre las dificultades que provoca en los niños. Deben existir pautas de trabajo comunes entre la familia y la escuela que ayuden al niño a actuar sobre los efectos de su trastorno.

No obstante, resulta necesario destacar que los docentes no deben extralimitarse en sus funciones ni ser ellos quienes ofrezcan un diagnóstico al niño. Ante la sospecha de un posible TDAH, los maestros deben poner en marcha los protocolos correspondientes para que sean los servicios de orientación quienes evalúen al niño y tomen la decisión correcta. De igual modo, deben ser ellos quienes finalmente se pongan en contacto con los familiares del niño para alertarles y comunicarles la sospecha de una forma adecuada. Estos profesionales, una vez conozcan el caso, podrán ofrecer al profesorado unas pautas de actuación específicas que contribuyan a la mejora de resultados del niño.

Pero, como se puede desprender de esto, para poder poner sobre aviso al departamento de orientación, es necesario que se conozca este trastorno y exista una sospecha con fundamento. Si se desconoce la existencia del TDAH o no se sabe exactamente en qué consiste, difícilmente se va a poder detectar en el aula.


En cuanto un maestro sepa que uno de sus estudiantes está diagnosticado de TDAH, debe replantear su programación docente y efectuar las adaptaciones necesarias, teniendo en cuenta el tipo de TDAH que presente el niño, ya que la intervención necesaria para el TDAH de tipo inatento difiere del que requiere el de tipo impulsivo, hiperactivo o combinado, y viceversa. De hecho, los retos que plantea cada uno de ellos en el aula son muy distintos: desde las constantes interrupciones del niño impulsivo o el hiperactivo (ya sea porque el primero no deja acabar al profesor la pregunta o la explicación, o porque el segundo se levanta constantemente de su silla, por citar algún ejemplo), al despiste y la distracción continua del niño inatento.

No obstante, resulta igualmente importante hacer entender a sus compañeros la problemática que presenta este niño, haciéndoles cómplices y solicitándoles su colaboración para ayudarle. Elegir un sistema de ayuda entre pares, seleccionando un compañero con el que tenga afinidad y que a su vez esté especialmente sensibilizado con las dificultades de su compañero, facilita la intervención. El docente puede enseñar a ese estudiante ciertas pautas de actuación para poner en marcha cuando observe determinada respuesta por parte de este niño que impida un correcto proceso de aprendizaje: por ejemplo, un leve toque en el brazo ante distracciones o movimientos excesivos.
Actuaciones importantes que puede llevar a cabo el profesor
– dividir las tareas en pasos menores, de modo que se facilite el seguimiento por parte de este alumno;

– usar mapas conceptuales que resuman de forma visual la información o contenidos más importantes que se hayan trabajado durante la sesión;

– proporcionarle una zona del aula tranquila para trabajar (sin que ello signifique segregarle o sentarle solo), libre de distracciones o posibles interrupciones (lejos de ventanas, puertas);

– Ayudarle a usar la agenda, supervisando que haya anotado todo lo que tiene que hacer para el día siguiente, y utilizarla como medio de intercambio de información con los padres, para que puedan anotar en ella las dificultades que han detectado durante su estudio, si no le ha dado tiempo a terminar determinada tarea, si no le ha quedado claro determinado concepto, etc.

– Determinar el estilo cognitivo del niño y trabajar las inteligencias múltiples en el aula, empleando recursos de distinto tipo que apoyen la enseñanza.

– Realizar actividades y tomar como referencia temáticas que sean de su interés, para motivarle y captar su atención.

– Supervisar su proceso de aprendizaje para comprobar que ha entendido las explicaciones y está realizando los ejercicios de forma correcta.

– Ofrecerle más tiempo para que termine sus actividades y ayudarle a ir controlando el tiempo del que dispone para cada actividad.

– Crear un clima de confianza en clase donde se puedan preguntar todas las dudas, donde exista una pedagogía del error en lugar el éxito (donde los errores cometidos no se penalicen, sino que sirvan de punto de partida para el trabajo posterior), y donde se favorezca la ayuda mutua y la colaboración entre compañeros.


– Fomentar metodologías activas y participativas que involucren a los estudiantes en su propio aprendizaje;

– Apostar por un sistema de evaluación continua que verdaderamente tenga en cuenta el trabajo, el esfuerzo y los resultados de aprendizaje que el niño va adquiriendo progresivamente en el aula, procurando utilizar instrumentos de evaluación que, de forma combinada, nos proporcionen la información necesaria para evaluar adecuadamente las competencias del niño: sistemas de observación sistemática, listas de control, diarios de campo, registros anecdóticos, escalas de estimación…

– Animar al niño a terminar sus tareas, a obtener buenas notas, a comprender las explicaciones… transmitiéndole siempre un mensaje positivo sobre sí mismo que eleve su autoestima.

– Poner en marcha estrategias de control de impulsos y de extinción de conductas.

– Practicar unos minutos de relajación en el aula tras actividades que hayan requerido un mayor movimiento o interacción (por ejemplo, tras las clases de educación física, después del recreo, a la entrada a clase por la mañana y por la tarde…), etc.
Los maestros que cuentan con un alumno con TDAH en el aula deben, en cualquier caso, adaptar su enseñanza a las necesidades que presenta, sin olvidar que el resto de estudiantes también tienen sus propias necesidades educativas personales, que igualmente deberán ser atendidas. La diversidad siempre debe ser tomada como elemento enriquecedor en clase, del que poder aprender y compartir. Resulta imprescindible identificar el estil1o cognitivo de cada alumno y ofrecer recursos que respondan a las distintas inteligencias múltiples.

Solamente entendiendo y enseñando que todos somos diferentes se puede crear un clima de respeto y confianza en el aula que comprometa a los alumnos con su propio proceso de aprendizaje y con el de sus compañeros.

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