TDAH y Síndrome de Peter Pan




El psiquiatra canadiense Eric Berne en 1966 empleó el término Peter Pan, personaje conocido de la literatura infantil creado por James Matews Berrie, para referirse al niño que todo adulto lleva dentro y sólo busca la satisfacción y gratificación de sus propias necesidades.

El término Síndrome o Complejo de Peter Pan, lo describe por primera vez el psicólogo Dan Kiley, en la obra The Peter Pan Syndrome (1983), para hacer referencia a los adultos que continúan comportándose como niños y adolescentes, mostrando una marcada inmadurez emocional, infantilismo, incapacidad para asumir la responsabilidad de sus actos y un gran temor a no ser queridos y aceptados.

Por tanto y aunque el Síndrome de Peter Pan (SPP) no está recogido en la actualidad en los manuales de psiquiatría (CIE-10, DSM-IV, etc.) como un cuadro psiquiátrico específico, el Complejo de Peter Pan se emplea popularmente para definir a aquellos jóvenes y adultos jóvenes que:

Son incapaces de comprometerse y cumplir sus promesas.
No saben o se niegan a asumir y aceptar las obligaciones propias de la juventud y la edad adulta.
Prefieren que sean otros quienes tomen las decisiones por ellos.
Presentan un deseo intenso de ser cuidados y sobreprotegidos, que demuestran una fuerte dependencia emocional y afectiva (padres, familiares, pareja, hermanos mayores, etc.), que hace que necesiten a su lado a otra persona que satisfaga constantemente sus necesidades.
Exhiben una baja autoestima, acompañada en ocasiones de sentimientos de culpa, tristeza, depresión o ansiedad.
En palabras sencillas diríamos que es una persona que lo quiere todo pero no desea esforzarse para lograrlo, y que se refugia en los demás ante la idea de tener que enfrentarse a los problemas y los retos del día a día.

Los afectados de TDAH en ocasiones en la adolescencia y a principios de la edad adulta presentan cuadros o patrones de conducta con sintomatología similar al Síndrome de Peter Pan (SPP).

Debido a que el TDAH implica aspectos de inmadurez, social y psicológica en los niños y adolescentes que la padecen, muchos de los comportamientos que presentan en la escuela, en la familia y en el área social tienen que ver con comportamientos infantilizados. Éstos suelen ser caracterizarse por evitar asumir responsabilidades, inseguridad, necesidad de apoyo y supervisión continúa, ausencia de una autonomía funcional, dificultades a la hora de resolver problemas por sí mismos,  tendencia a culpar a los demás de todo aquello que les sucede, ataques de llanto o rabietas,  tendencia al egocentrismo, intolerancia a la frustración, rebeldía, manejo de la mentira como medio para eludir las responsabilidades de sus actos o como búsqueda para llamar la atención, o la distorsión de la realidad y los problemas que se presentan.

Dado que en la mayoría de estos casos estas personas no adquieren una consciencia plena de ello, resulta particularmente difícil que corrijan esta problemática.

Los expertos señalan como posibles causas o desencadenantes de este síndrome de infantilismo por un lado, un perfil psicológico con rasgos y tendencias a la evitación, la dependencia y la inmadurez y por otro, el estilo educativo. Algunos autores  señala que son las consecuencias  de éste último la causa  principal de este síndrome,  bien por un lado un estilo educativo hostil y autoritario con carencias afectivas y emocionales por parte de los padres hacia los hijos,  o bien por otro  un estilo educativo sobreprotector, idealizado, excesivamente dependiente del afecto de los padres y la evitación a toda costa del contacto con posibles elementos amenazantes.

Debido a la alta relación que existe entre la aparición de patrones de comportamiento infantil y el estilo educativo recibido, los adultos que rodean al niño, especialmente los padres y profesores, son los principales agentes preventivos del problema.

Un estilo educativo basado en normas y límites bien estructurados acompañados de una buena comunicación afectiva es la mejor manera de que el niño se desarrolle adquiriendo un nivel madurativo de acuerdo a su edad.

En los casos en los que la sintomatología es más problemática y los cuadros son más severos es recomendable acudir a tratamientos de intervención más específicos.

Por ello, y como ocurre con los casos que presentan problemas de conducta, la intervención debe comenzar por ayudarles a asumir su situación, darse cuenta que su actitud no es adecuada,  enseñarles a que afronten la realidad y sus propias dificultades y de este modo asuman las consecuencias de sus comportamientos y decisiones.

Es importante que las intervenciones que se realicen en estos casos se centren en los siguientes aspectos:

Mejorar y desarrollar una buena autoestima.
Motivarles a que tomen iniciativas para cambiar las situaciones difíciles que se les presentan, mediante el uso de  técnicas cognitivas-conductuales de modificación de conducta, resolución de problemas, estilos de afrontamiento adaptativos, estilos comunicativos asertivos, etc.
Facilitarles el desarrollo de su propia independencia y autonomía del entorno, de tal manera promoverles a que diseñen nuevos retos y metas realistas y alcanzables para ir avanzando de una forma paulatina y tener así un desarrollo evolutivo y madurativo óptimo de acorde a su edad y circunstancias. 
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